A medio deconstruir

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Podcast por Paco Estevarena

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Relatos de un equis de la generación equis
       

Un billete con la cara de Ardiles

Yo rogaba que fuera mentira eso que me había contado mi abuelo: que los argentinos declaramos la guerra a Alemania cuando ya estaba a punto de ser derrotada y que nunca entramos en combate. Mi desilusión infantil era realmente aguda, incluso antes de saber detalles aún más desalentadores que me fue revelando en adelante, como que en efecto aquí gran parte de la población simpatizaba con el Eje hasta que el rumbo de la guerra se le tornó en contra. Que no fue una toma de partido comprometida y temeraria, como la de Brasil, que estando a miles de kilómetros de cualquier frente, eligió ir a combatir el fascismo por aire y tierra en Italia, sino todo lo contrario: una viveza criolla de último momento, vía telegrama, oportunista, acomodaticia y ventajera. Que fuimos repudiados y hasta ridiculizados en la ficción por dar refugio a criminales nazis una vez terminado el conflicto. Yo no estaba aún en edad de entender la gravedad de todos estos hechos vernáculos vergonzosos que el nono iba desgranando muy de a poco en su relato. Él sabía bien que con cada nuevo dato mi cara se desdibujaba como al enterarme de la verdad sobre los Reyes Magos. Sin embargo, jamás intentó darme consuelo relativizando el contexto de la época o mediante la mención de compatriotas aislados que contribuyeron con el esfuerzo aliado. Ni que hubiese servido para algo. En mi mente pueril, ya era más que suficiente para sentirme afligido con que Argentina no hubiera peleado del lado de los buenos.

Mi otro acercamiento a la Segunda Guerra Mundial, un tema histórico que hasta hoy me apasiona, había sido – como a tantas cosas – a través del cine. Sin recordar en qué orden específico, algunos de los primeros títulos que vi fueron por Canal 11 en Sábados de Súper Acción. Una selección de clásicos del género bélico de los años cincuenta, sesenta y setenta. Entre ellos, Los Doce del Patíbulo, Un Puente Demasiado Lejos, El Puente sobre el Río Kwai, El Botín de los Valientes, Tora! Tora! Tora!, Los Cañones de Navarone, Patton, El Gran Escape y El Día más Largo del Siglo. Filmes llenos de acción, que contrastan con las piezas actuales que describen ese período, por lo general más oscuras y lentas, pero también mucho más brutales respecto de la miseria humana y los horrores de la guerra. No fueron estas últimas, las más crudas y contemporáneas, sino aquellas cintas de tinte heroico de la posguerra las que crearon fascinación en mí. Deslumbramiento por la belleza, en particular de aquellos tanques y aviones, cada uno con improntas inconfundibles, que hacen parecer a la maquinaria bélica moderna modelos genéricos de electrodomésticos chinos, imposibles de diferenciarse unos de otros. Centenares de rollos de celuloide que capturaron con precisión la temperatura de color de una variedad de climas y paisajes, con campos de batalla que se trasladan en minutos de lo urbano a lo recóndito y exótico. Un muestrario completo de decorados naturales en los que se enfrentan ejércitos comandados por generales sumidos en duelos privados, enemigos acérrimos que se profesan odio y admiración mutua. Efectos especiales de verosimilitud absoluta, anteriores a los atajos de plástico del CGI, que honraron el arte del engaño en su máxima expresión. El del genio de científicos y magos reclutados para hacer aparecer y desaparecer cuerpos de espías, teletransportar objetivos militares mediante ilusiones lumínicas y simular el movimiento de batallones de utilería. Artimañas vistosas y sofisticadas para desorientar al rival, que serían totalmente inservibles con las comunicaciones actuales. Y así podría seguir y seguir regodeándome en páginas de curiosidades, que todas resultarían accesorias ante el componente esencial de aquellos guiones: villanos malísimos, con un sistema de diseño perfecto del mal, desde su simbología, banderas y uniformes, con una organización de despliegue coreográfico, misticismo perverso y tecnología futurista. Enhorabuena, vencidos por hombres comunes, llamados a las armas cualquier domingo a la mañana para salvar al mundo de la dominación total. Héroes de una gesta real que, aumentada y estilizada por la lente de Hollywood, hizo vibrar la imaginación de todos los varoncitos de las generaciones posteriores.

Por esos caprichos de la programación, Escape a la Victoria, el film protagonizado por Michael Caine y Sylvester Stallone, fue esquivo a mi zapping lento de épocas sin control remoto hasta el día de la final del Mundial ’90, aquella que perdimos contra Alemania. Según cuentan, alguien que fue echado al día siguiente de Canal 9 a los gritos por el mismísimo Zar Alejandro Romay, decidió pasarla a continuación de la tragedia futbolística, en un intento chapucero de reivindicación nacionalista. Mientras que en el caserío rural se apagaban en simultáneo casi todas las radios y televisores, mi abuelo se levantaba a hacer mate y yo permanecía estático frente a una pantalla que aún iluminaba mis lágrimas. La parálisis por la conmoción de perder un mundial se extendía en continuado ante la sorpresa por una película de guerra que todavía no había visto. La trama era simple pero novedosa. Al relato típico de fuga de campo de prisioneros, se añadía una dimensión absurda: que la huida fuera iniciada durante un partido de fútbol entre un seleccionado del Tercer Reich y un rejunte de presos. El encuentro, transmitido en directo por radio, era jugado en la París ocupada, en un estadio repleto de franceses que apoyan a la formación aliada improvisada y alrededor de un centenar de inexpresivos oficiales de la Wehrmacht. Un propagandista teutón uniformado, inescrupuloso por naturaleza, hace las veces de comentarista e insiste en destacar el fervor de su parcialidad, desde luego ausente (es hasta el día de hoy que cada vez que juega la poderosa escuadra alemana, imagino que el aliento de su hinchada no son más que grabaciones reproducidas por los altavoces del estadio). El desarrollo es previsible. Los arios, lungos y atléticos, dominan el juego con complicidad del árbitro y maniobras sucias.  Así, terminan la primera etapa  ganando cuatro a uno. El escape está planeado para el descanso, pero el orgullo deportivo hace retornar al césped al team de los cautivos. Desde el arranque del segundo tiempo, con tenacidad e intrepidez, los prisioneros comienzan a inclinar el juego a su favor. El combinado del mundo libre se florea a puro lujo en una demostración de fútbol champán. Para ese momento, yo ya estaba – al igual que hora y media atrás durante la final de Italia – con los ojos casi pegados al televisor, los codos clavados en las rodillas y los dos puños cerrados apretados contra la pera. De repente, una secuencia clave, remarcada en cámara lenta. El ocho aliado desborda por el andarivel derecho y tira una bicicleta con la que deja parado al lateral alemán. Una jugada particular y a la vez perturbadora, ya que aumentaba mis sospechas sobre algo que me pareció notar en varias escenas previas al match. Descartado antes por improbable, bajo el amparo de la evidencia ya no me pude contener más con el abuelo.

—¡Nono, mire! ¿Ese que tiró la bicicleta no es el que está en el billete de un peso?

—No, mijo… es el hijo Osvaldo. Lo llamaron para la película por el parecido con el padre —dijo, sin importancia, como quien ve pasar una mosca.

—¿Y qué tiene que ver el padre con la película?

—Es el Coronel Ardiles, el que liberó París de los nazis. Por eso está en el billete. Ahora va a ver, y no es por arruinarle el final, que el público francés se mete en la cancha y los jugadores se rajan en medio del quilombo… 

Sé que para ustedes esto es una obviedad del nivel de que San Martín cruzó Los Andes. Pero créanme que yo quedé pasmado ante la confesión de mi abuelo, que hasta entonces no me había mentido, sino que la demencia senil lo hacía desvariar e inventar fabulaciones, como la de la reprochable actitud nacional durante y después de la guerra. Bastó con un solo rapto de lucidez de su parte, para que un sinfín de revelaciones se comenzara a desplegar ante mis ojos. Lo que a todos les enseñan en sus casas o, más tarde que temprano, aprenden como parte de la currícula del último año de la escuela primaria, yo lo supe – una vez más – gracias al cine. 

A partir de ese instante y con entusiasmo juvenil, me obsesionaría en conocer todos los detalles acerca de cómo nuestro querido libérateur Ardiles fue acogido por la résistance hasta después del desembarco, para luego reagruparse con la fuerza expedicionaria argentina en las afueras de París y encabezar la entrada triunfal aliada. Como contracara amarga, el alivio de  descubrir que la albiceleste había ondeado victoriosa, primero en París y luego sobre Berlín, se vio opacado en mí por la tristeza de admitirlo al nono enfermo. Por saberlo tan desconectado de la realidad durante su última década de vida, como para enseñarle a lo largo de los años a su único nieto una versión descabellada y retorcida de la historia. A pesar de ello, por haberme criado solo y convaleciente, lejos de todas las comodidades de la ciudad, nunca dejé de serle indulgente y agradecido. 

Hoy se anuncia el estreno de una remake de Escape a la Victoria con Dwayne Johnson The Rock en el papel otrora de Michael Caine. Nuestro coterráneo Juan Minujín hará del Coronel Ardiles, elegido para la ocasión por su parecido físico sorprendente con el prócer. Recién concluida la Copa del Mundo con triunfo nacional, a esta nueva versión le auguran un éxito de taquilla superior al de la película original. Por eso, como suele suceder con otras producciones importantes, la avant premiere será en el Chinese Theater de Hollywood, en Los Ángeles. Me pregunto si en Estados Unidos, donde todos llevan un billete de un peso en la billetera porque dicen que les trae suerte, entenderán la emoción que sentimos los argentinos al recordar la primera de tantas veces que, con fútbol, salvamos al mundo.

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