A medio deconstruir

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Podcast por Paco Estevarena

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Relatos de un equis de la generación equis
       

Los tocayos

Es extraño encontrar en una película dos personajes que compartan el mismo nombre de pila. Rara vez sucede. Y de ser así, se utiliza como recurso para el enredo y en films sin muchas pretensiones artísticas. Me excuso de antemano por las dudas de que esté equivocado. Me disculpo por si algún cinéfilo con ínfulas solemnes me hace notar de alguna obra de Bergman o de Greenaway que tenga dos Bjorns o tres Vladimires, que además sea profunda y dramática. Pero hasta que me demuestren lo contrario, la única referencia que me viene a la cabeza son el Doug y el Black Doug de las ¿Qué pasó anoche?, la pochoclerísima saga de comedia sobre resacas amnésicas pre boda.

Lo cierto es que, fuera de la pantalla, la repetición de nombres en protagonistas de una misma escena cotidiana es de lo más corriente. Algunos podrán atribuírselo a las modas. Si sabrán los empleados más viejos en los registros civiles de las oleadas de inscripciones de Susanas y Mónicas que golpearon contra sus escritorios en los años cincuenta y sesenta; de todos los Juan Pablos que homenajearon al Papa Wojtyla durante el final de la Guerra Fría; de las Sofías y Felipes que abundan ahora. Son esos municipales de raza los que saben con certeza de la muchedumbre de Lioneles que se vendrá… Es esperable que a mayor cantidad de niños rotulados del mismo modo, más las maestras deban recurrir al apellido o a un apodo para diferenciarlos. Que más tarde, ya en la adultez, el anterior infante genérico usufructúe de su identidad adquirida al por mayor para intentar culpar a compañeros de trabajo homónimos por cagadas propias. O para evadir acusaciones de infidelidad, porque siempre seguro es al otro Valentín al que vieron salir del telo. Son a esas y a otras argucias útiles a las que un Melchor o una Azucena jamás podrían sacarle provecho. Enredos de la vida real que, una vez pasado el saludo de presentación cordial típico entre tocayos, demuestran que no suele haber peores enemigos posibles que quienes se llaman igual. 

Conocí en carne propia que no existe amenaza mayor que la de un tocayo. Y sumo motivos para reafirmar que la industria del cine no observa la dimensión del impacto social del problema, ya que no son solo aquellos con nombres comunes los que lo padecen (nótese que me ha afectado incluso a mí que soy un Paco, alguien con un sobrenombre no tan habitual en Argentina). Agrego que Hollywood tampoco advierte su potencial narrativo, que da mucho más que para embrollos cómicos (asiéntese que mi situación, la que voy a contarles, dista mucho de ser graciosa).

Si lo siguiente no les parece curioso, es porque al igual que yo consideran que batallar con tocayos es de lo más normal: en un lapso de tan solo un año y medio fui cambiado por un Paco y a la vez reemplacé a otro Paco. Por supuesto, me refiero en lo que concierne al amor. En la pérdida quedé fulminado, devastado; en la conquista, extasiado y eufórico por la reivindicación. En ambos casos, como amarrado delante de un ying-yang giratorio al que le arroja flechas un cupido borracho. Hoy, ya más calmo, tan solo convencido de la existencia de un karma cuasi instantáneo que nos alcanza a todos los Pacos de este mundo.

Recuerdo enterarme no sé cómo del haber sido sustituido por otro Paco. Al fin de cuentas, lo único importante es que en aquel momento me pareció gravísimo. Lo llamé por teléfono de línea a mi amigo Ciro, whisky en mano, cual Charles Bukowski del siglo veintiuno. 

—Cirito, me podés creer que la que no debe ser nombrada ahora sale con otro Paco… —le solté lento, con la voz apagada, monocorde.

Del otro lado de la línea Ciro hizo silencio, incrédulo.

—¿Y cuál es el problema? —me devolvió sin parecer inmutarse por mi dramón. 

Mi compinche en el rock, quien después de mi divorcio fue lo más similar que tuve a un acompañante terapéutico, sabía que mi primer intento de reinserción al mundo de las citas y el amor me había dejado noqueado. Por eso, ante mi aturdimiento y falta de raciocinio, era él quien oficiaba de voz de mi conciencia.

—¿Sabés si este otro Paco también es de Capricornio como vos? —escarbó. 

—Ni la más puta idea… ¿Pero y eso que tiene que ver? —me mostré sorprendido y molesto por la pregunta —. Eso es una pavada. 

—Tan pavada como lo de que vos y el chongo nuevo se llamen igual —concluyó.

Cortamos la charla telefónica solo después de que Ciro me despidiera con palabras tranquilizadoras y con la advertencia de que no haga boludeces. Su alerta era justificada, ya que en ocasiones anteriores y reiteradas yo había evadido su consejo de no seguir intentando reconquistarla con métodos que en mí imaginación eran súper ingeniosos (de esos que en las películas románticas son tan bellos como infalibles y en la vida real hacen lucir al enamorado como un asesino serial). Pero a esa altura ya no necesitaba más de su control. No solo por haberme resignado a que no la recuperaría, sino porque ante la reaparición repentina, inexplicable y frecuente de la no-susodicha yo me gestionaba mis propias “intervenciones”. Por ejemplo, ante su invitación por WhatsApp a acompañarla a una expo equis, le pedía a Ciro y al resto de la banda de ir tomar una merienda a algún lugar donde no sirvieran alcohol durante todo el transcurso de la muestra de arte. Terminábamos entonces los cuatro grandotes comiendo cupcakes con té en cafeterías de color rosa Barbie, tras mi pedido expreso de que me tacléen sin compasión en caso de querer escaparme al reencuentro. Por eso, a esa altura ya no había peligro de que hiciera un papelón a causa de su nuevo Paco, el Paco trucho.

La realidad es que los argumentos de Ciro, si bien algo sensatos, no terminaron de convencerme del todo. Me cuesta considerar que la afiliación a un mismo signo zodiacal del ex y del novio actual de una misma mujer sea comparable a que ambos compartan el mismo nombre. No tanto porque a Capricornio o a cualquier otro signo pertenezca más o menos una doceava parte de la población mundial y que Pacos sobre el planeta seamos muchísimos menos. Sino porque la sensación de usurpación de espacio verbal oral y escrito, con la presencia fantasma de mi nombre en cada mención cotidiana de ella hacia el otro Paco, en cada palabra de afecto o en lo que se dice durante el sexo, en la discusión importante y en la trivial, me producía un pavor inconmensurable. Pero como con tantas otras cosas que me perturbaban, tuve que aprender también a vivir en paz con esa.

A menudo pienso que esa etapa no fue más que una de las tantas que me trajo hasta acá. Por lo tanto indispensable. Si tuviera las llaves de un Delorean volador que me permitiese volver en el tiempo, lo utilizaría solo para modificar resultados de partidos de Platense. Nunca intentaría corregir nada de lo dicho o lo hecho al solo fin de conservar o recuperar a ninguna mujer. Es algo que me sucede solo desde que yo pasé a ser el “nuevo Paco”, el que reemplazó a otro, pero con sinceridad y para mi alegría, no por motivo exclusivo de ello.

Si un año y pico atrás había sufrido una paliza total, mi encuentro con Victoria me hizo olvidar de todas las tristezas pasadas de inmediato. Tanto como para pensar en llamarlo a Ciro una vez más. Y decirle que ya no era necesario que mantengamos el pacto por el que yo no podía mencionar por el nombre de pila a aquella que antes me había dejado tirado por el suelo (supongo que cuando me lo impuso ya lo tendría podrido de hablar de ella). Pensé incluso en decirle que ahora podríamos llamarla Derrota, en el caso raro y esporádico de que surgiera en una conversación. Que en las antípodas de la felicidad que me provocaba Victoria, no podía haber alguien más que Derrota. Pero tuve un instante de lucidez en el que caí en la cuenta de que ese juego de palabras era muy bobo. Así que ese llamado a Ciro nunca existió.

Todo lo que nos trajo a Victoria y a mí hasta acá excede largamente estos episodios descriptos, así que me lo reservo para otro relato. Pero en lo que atañe a esta historia, habrá sido no más allá de nuestra segunda o tercera cita cuando me enteré de que efectivamente ella había tenido a otro Paco como novio antes que yo. No dudo que de haberle contado esta anécdota completa a alguna señora mayor, supongamos esperando el colectivo cual Forrest Gump, hubiera recibido de ella varios “Dios te quita, Dios te da”, “cuando se cierra una puerta se abre otra”, entre otra sarta de lugares comunes del repertorio popular. Frases hechas, pero que en cualquier caso traslucen cierta sabiduría. 

Convengamos que lo de los tres Pacos es accesorio a la trama. Que la verdadera reivindicación tiene que ver con lograr superar los tiempos difíciles, con saber despegarse de quienes a uno le hacen mal y acercarse a los que le generan bienestar. Sin embargo, no quiero terminar este relato sin mencionar algunos detalles de cómo es ser el Paco ganador, ese que desplazó a uno de sus tocayos y llegó para quedarse. El lugar en el que ahora me toca estar a mí. El Paco de hoy. Porque les confieso que tampoco es simple. Cada vez que Victoria me dice “te amo, Paco”… ¿Existirá acaso alguna fisura en su matrix que la haga pensar por un momento en el Paco anterior? ¿Cómo saldré rankeado en la comparación? ¿No es por cierto más natural que me contraste con ese Paco que contra cualquier otro de sus novios anteriores? Qué trastorno este flagelo interminable de los tocayos… Qué difícil ser un Paco más… Qué molesto ser este Paco…

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Paco y Ciro en el estudio.
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8 comentarios

  • Querido no tocayo, llega este tema en el momento de mayor popularidad del mundo mundial de ¿mi tocayo? Leo Messi… Es el mejor futbolista de todos los tiempos, sabe cuánto pesa la copa del mundo pero aún hay ambigüedad en cómo nombrarlo, es Lío o Leo? Post final del mundial he recibido un mensaje en el chat laboral en el que me felicitaban con un ‘Hi Lio, Congratulations’, existe el tocayismo fonético?
    Como sea, hermoso relato y aguante el Paco ganador!

    • El tocayismo fonético es un flagelo también, yo lo sufro más que nada al recibir el café en Starbucks a nombre de Facu, Taco, Pato, Tato…
      Abrazos, no tocayo.

  • Hola Paco, ¡muchas gracias por incluirme en tu universo a medio deconstruir! Si bien a veces nos tocaba transitar algún momento difícil, siempre recuerdo con gran alegría aquellos días. Todo un valiente dispuesto a morir con las botas puestas. Muy fuerte abrazo, Ciro

  • Buenísimo el capítulo de los tocayos. Tengo un nombre muy común pero se me conoce por mi sobrenombre que es bastante inédito. Así que no me conflictúa…

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