A medio deconstruir

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Podcast por Paco Estevarena

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Relatos de un equis de la generación equis
       

De cazadores cazados

Parte 1: Cazadores

Quienquiera que alguna vez haya usado aplicaciones de citas sabe que son lo más parecido a un zoológico virtual. Y no solo en el sentido tan ocurrente como machirulo patentado por mi amigo y excumpa de la facultad Javitus, quien decía nunca haber jugado al Pokemón Go porque él “para coleccionar bichos” ya usaba Tinder. Sino porque esos catálogos humanos parecen reunir tal diversidad de especímenes, hombres y mujeres por igual, que serían imposibles de ser hallados reunidos en otro lado.

Si acaso durante un recorrido por el zoológico dos visitantes se conociesen y, después de un rato de charla animada, coincidiesen en abandonar juntos el parque, se darían cuenta de que no es tan fácil. Porque de ese zoo nunca se sale directo a la calle. Al descubrirse ambos parte de las bestias en exhibición y no simples turistas espectadores, serán primero devueltos a un lugar más parecido a una jungla.

Sin la protección de las rejas erigidas por las reglas de uso de la app, el encuentro personal estará lleno de nuevos peligros. El primero, el de dejarse engañar por los cambios de camuflaje entre el personaje electrónico anterior y el ser de carne y hueso ahora enfrentado. Si sus imágenes fotográficas previas, de belleza enciclopédica, coincidiesen con las captadas en vivo por el ojo, habrán sorteado el reto de una posible decepción inicial irreparable. Una que los haría atacarse y luego huir. Pero si afortunados de agradarse, avanzarán confiados en el cortejo a una velocidad acorde a la sincronización de sus períodos de celo. Ya consumada la cópula, solo les quedará sobrevivir a la primera noche sin ser devorados después del apareamiento, para al fin considerarse moradores de la selva. Ambos se creerán aptos. Sin embargo, no pasará de la mañana para que su propio instinto de subsistencia los separe. Al abrir los ojos, tendidos uno al lado del otro, caerán en la cuenta de algo perturbador: de que nunca se necesitarán en adelante en la intemperie, de que su hábitat natural es el del parque. Porque no hay nada más sencillo que salir a cazar dentro un zoológico.

Sentados en el balcón de su departamento al norte del barrio de Constitución, Javitus y yo alternábamos Tínderes para admirar y comentar los triunfos de uno y otro. Un par de pitadas de porro después de la cena me habían estirado la percepción del tiempo, lo suficiente como para que pudiese elucubrar toda la analogía del zoo en apenas lo que llevó intercambiarnos de mano los smartphones. Mientras comenzábamos con el escrutinio cruzado de las apps ajenas, yo le contaba mi teoría de animales en parques y selvas imitando la voz de Ernesto Fritz, el locutor de documentales de Canal 13 famoso en los años ochentas. 

— Pero la fauna tuya es digna de premios —interrumpió Javitus entusiasmado, poniendo en pausa mi alocución de sonido tan patinoso como el de una cinta de VHS sobregrabada muchas veces.

— Ha de ser la geografía lo que lo propicia —encontré como mejor explicación —. Desde que vivo en Retiro pegado a Recoleta, casi todas mis “felices coincidencias” son con especímenes de sangre azul. 

La realidad es que, lejos de señoritas adineradas que pudieran prometerme un futuro próspero y ocioso de príncipe consorte, se trataba en su mayoría de chetas de familias tradicionales caídas en desgracia, esas que conservan el apellido y nada de su fortuna. En general, también mujeres muy aburridas y, por sobre todo, pretenciosas. Pero yo no era nadie para privarle a Javitus de su fantasía aristocrática.

— Cuando quieras vamos de safari por mis pagos. Incluso, si querés, nos vestimos de caqui o de verde y bordó, como en los cuadros de los pubs ingleses. Sin embargo, yo arrancaría por explorar tu ecosistema de acá. Viendo tus matches, hay una variedad de lo más exótica de chichis, por cierto tan o más apetecibles —propuse a cambio.

— El peligro por esta zona es con las manadas —advirtió —. No deja de ser una aventura, pero hay que estar preparado para los riesgos. Nunca se sabe quiénes se te van a aparecer luego. Y es cierto lo que vos decís, que suele ser cosa de una noche. Pero acá te quedás dormido y zas, te despertás rodeado por la familia. En el mejor de los casos, sirviéndote ravioles y preguntándote fecha de casamiento. En el peor, sacándote a los palazos a la calle por vulnerar el honor de “la nena” —cerró su crónica con la certeza de un superviviente a mil de esas expediciones.

Seguimos en tono humorístico con la apreciación de los trofeos de cacería acumulados en semanas anteriores por cada uno. Nuestra charla continuó salpicada de comparaciones con la fauna salvaje cada vez más forzadas y menos afortunadas, hasta que nos dejaron de hacer gracia del todo. Fue entonces que me encontré con algo curioso en el teléfono de Javitus. Algo que nos llamó la atención a él y a mí, tanto como para no cambiar más de tema en toda la noche. De entre las decenas de ligues virtuales hechos por cada uno, existía uno en común a los dos. Por lo visto, ambos habíamos iniciado conversación con la misma mujer: “Laura, 33”.

Parte 2: Cazados

Javitus y yo nos conocimos a principios del año ’92, en nuestro primer día como estudiantes de publicidad. Enseguida congeniamos por nuestra facilidad mutua para el chiste absurdo, lo que más tarde venderíamos a los profesores como talento para el brainstorming. Sin dudas, antes que una dupla creativa, éramos una dupla cómica. Prueba de ello es que los que cursaban con nosotros solían compararnos – muchas veces molestos – con los dos viejos de los Muppets, esos que hacían sus gracias desde el palco. 

El problema era que en determinados momentos esa sociedad perdía balance. Y que cuando eso sucedía, yo sentía culpa y me sentía en deuda con él. Nunca antes me había pasado de primerearle tantas mujeres a alguien, por lo general de modo involuntario y sin intención de daño (admito que otras veces me dejé llevar por la oportunidad sin mucho remordimiento). Al principio, si íbamos a un boliche, de todas las chicas presentes yo me enganchaba justo a la que él se había chamullado media hora atrás. O cuando en la barra de un bar él empezaba a hablar con una que le gustaba, por pedido de ella terminaba trayéndome un papel con su número de teléfono a mí. Situaciones incómodas similares y en ocasiones repetidas, que empeoraron con el tiempo. Se volvieron más personales, menos casuales y con sentimientos de por medio. Fui yo el que acabé de novio con Patricia, una compañera de facultad de ambos, luego de que él invirtiera meses en conquistarla. Un tiempo después y como corolario, fue solo cuestión de que me comentara su interés por otra chica con la que nos tocó cursar, para que yo me convirtiera en su pareja por los siguientes diecinueve años.

A diferencia de con otros compañeros queridos de la facultad, con los que nos distanciamos una vez terminados los estudios, con Javitus seguimos en amistad cotidiana. Teníamos conocidos en común por fuera de la universidad, jugábamos al fútbol cinco, compartíamos vacaciones en la costa, incluso llegamos a trabajar juntos por un tiempo breve. Fue recién por entonces que la balanza comenzó a nivelarse entre ambos en lo que respecta a las mujeres. En mi propia noche de bodas, durante la fiesta de casamiento, él conoció a Eleonora, mi amor imposible de la adolescencia temprana, con quien estuvo de novio luego por varios años. Si bien yo ya no sentía ningún despecho por los rechazos juveniles de Eleonora hacia mí, igual lo viví como un acto de justicia divina. Uno bien merecido. Si acaso se dictara condena a quien le primerea novias a sus amigos, no existiría para el infractor nada más similar a una pena capital que el tener que indemnizar al damnificado entregándole a aquella que le causó su primer mal de amor.

Mis deudas con Javitus podían considerarse saldadas. Ya sin culpas, yo podía incluso disfrutar con alegría genuina al ver todo lo que ahora le devolvía el universo. Y no me refiero a su romance con Eleonora, sino a los tiempos posteriores a su separación de ella. Habiendo evitado la trampa del matrimonio y mientras la mayoría de sus laderos de antaño engordábamos embuchados de rutina doméstica marital, Javitus exprimía su soltería al máximo. Llegaba a las reuniones en moto con pendejas al menos diez años menores que él, se mantenía en forma, conservaba un humor que el resto habíamos perdido. Se había convertido en el que todos queríamos volver a ser.

Desafortunadamente, no todo lo bueno dura para siempre. Estimo que el estilo de vida animado ya había menguado un poco en él para cuando, estando yo ya divorciado, nos encontramos en su balcón revisándonos el uno al otro las conquistas de Tinder.

— Che… ¿Qué onda con esta “Laura, 33”? ¿Vos ya saliste con ella? —lo tanteé con prudencia, no fuese que ya estuvieran en algo juntos. Lo último que quería era repetir uno de mis primereos clásicos de las épocas de facultad. 

— No, ni idea, solo chateamos un poco hasta ahora —me liberó con su respuesta.

— Yo también vengo hablando con ella. Incluso la tengo en WhatsApp. Le escribo y le tiro de encontrarnos ahora. Le digo que estoy con un amigo, que ella lleve también a una amiga y sanseacabó. En media hora estamos en un bar con dos señoritas.

— Pará, se me ocurre algo mejor —me frenó Javitus —. Escribámosle los dos ya, pero cada uno por su lado. En algún momento va a quedar para encontrarse con vos o conmigo. El giro inesperado, es que en vez de ir con quien finalmente arregle, va el otro. Como ella no tiene idea de que nos conocemos entre nosotros, mínimo va a pensar que se volvió loca. O quién sabe… capaz incluso no se da cuenta o le da lo mismo. Y la gracia termina pasando por ahí —me explicó su treta con la misma pasión con la que Tarantino habla en las entrevistas sobre su próximo guión.

— No sé… me parece mucho —arrugué —. Llegás al bar, la piba friquea, ponele que no tiene humor o, peor, se asusta y terminás cancelado en Twitter de por vida. Ya no estamos más en los noventas. Todo por graciosos pelotudos…

— Todo por una buena anécdota —me corrigió.

Fue en ese mismo instante en que volví a sentirme culpable con Javitus, pero esta vez por desbaratarle su comedia de enredos tal cual la había imaginado. Así que le propuse improvisar una versión más light, que con seguridad tampoco provocaría risas en un taller de diversidad y masculinidades conscientes, pero más que correcta para dos criados a base de películas de Olmedo y Porcel. Iríamos por mi idea original, con algunos ajustes. Un plan que resultaría digno de ser incluido en un libro de jugadas de seducción picarescas. 


“La cita doble”

La jugada maestra se pondría en marcha al llegar todos al bar, cuando Laura treinta y tres descubriese que dos de sus levantes digitales eran amigos entre sí. Desde luego, yo fingiría no saber nada de los chats anteriores en la aplicación de citas entre ella y mi compinche. Ambos presentaríamos a nuestros acompañantes: Javitus por mi lado y, supongamos, una Luciana equis por el suyo, quienes harían las veces de la otra pareja en la cita doble. Una vez completadas las introducciones y a la primera oportunidad, Javitus llamaría a Laura aparte con disimulo y le reforzaría mi supuesto desconocimiento sobre su trato virtual previo, sugiriéndole mantenerlo en secreto. Así lograría envolverla en su juego por el resto de la noche. Cada vez que yo me dirigiera a Laura, lo haría dando el pie para que él cruce miradas furtivas con ella. Como previsto, esa complicidad excitante con leve gusto a trampa en poco a Laura se le tornaría irresistible. La llevaría de modo ineludible a trenzarse en un chape desenfrenado con mi amigo ni bien tuviese la próxima chance de alejarlo de mi vista, por ejemplo de camino a los baños, en las escaleras del boliche. Recién entonces, con la primera fase concluida con éxito, podríamos avanzar sobre el segundo acto. Recibido un mensaje de Javitus con el visto bueno para proceder, yo le avisaría a la hipotética Luciana que, en ese texto, su cita circunstancial anunciaba que se había vuelto a su casa. Me excusaría en su nombre, lamentando no poder darle mucha precisión sobre los motivos de su partida imprevista. Luego, le recomendaría que ella busque a su compañera, ya que yo también me iría prontamente. Es entonces que, al encontrar a los besos a su amiga y a su cita, en una mezcla más de aburrimiento que de necesidad de venganza yo me transformaría con naturalidad en el instrumento ideal para su pasatiempo y desquite. Para cuando ella viniese a buscarme, al solo efecto de reforzar la grandeza del plan con un final dramático, yo ya me habría ido.


Sea éste un tributo tardío a mi amigo: el cómo me hubiera gustado que fuesen muchas de nuestras salidas de viernes y sábados en nuestras épocas de facultad.

Terminé de contarle el plan a Javitus. Por un momento pensamos en ponerlo en práctica, en escribirle a esa Laura de Tinder. Pero ya no hacía falta. Abrimos dos cervezas más y, apoyados sobre la baranda del balcón, nos quedamos mirando el tráfico que pasaba a lo lejos por la avenida San Juan.

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Javitus, Patricia, Pablo, Paco y Ariana, doce años después de terminada la facultad.


¿Safari o paseo por el zoo?

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