A medio deconstruir

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Podcast por Paco Estevarena

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Relatos de un equis de la generación equis

Te concedo la presbicia

“¿Acaso el tiempo no debe pasar? Al ver que sí, verás mal. A los cuarenta o un poco más, la vista del necio y del justo se ha de nublar.” Algo así, con rima y todo pero en inglés, era lo que decía la tarjetita que me entregó Zoltar a cambio de un dólar. La noche de Halloween de 2017, habiendo yo ya cumplido cuarenta y tres, tuve que pedirle a Victoria que me sostenga de lejos la premonición impresa del mago mecánico para poder leerla. La presbicia me había sorprendido, de modo curioso, en el mejor momento de mi vida. Estaba enamorado y de vacaciones en la capital mundial de la juerga.  Pero ahora además chicato. 

Como casi todos los de mi generación yo sabía de Zoltar por Quisiera ser Grande, el éxito de taquilla de los ochentas. Una comedia de enredos, en la que un autómata de un parque de diversiones le concede un deseo a un niño que quiere ser mayor: el de convertirse en un Tom Hanks adulto joven. Jamás sospeché que me lo encontraría fuera de la pantalla, ni en circunstancias tan particulares. 

Yo no tenía idea de que esos artefactos de feria existiesen en realidad. Es al día de hoy que ignoro si fue una creación hecha para el film de la que luego se empezaron a construir réplicas, o ya era con anterioridad un artilugio popular de kermés. Tal vez acaso había solo un Zoltar en el mundo, el único y original, el de la película, que como tantas otras estrellas de Hollywood en declive había terminado como entertainer mediocre en la ciudad del pecado. En este caso además al borde de la ruina, dando un espectáculo callejero en una galería abierta del strip. Un lugar, que de no ser por el destello multicolor de los carteles LED enormes al otro lado del bulevar, bien podría confundirse con el paseo de compras de cualquier terminal de ómnibus del conurbano bonaerense. Ahí estaba Zoltar, apartado en un rincón e ignorado por la marea de turistas, excepto por dos. Dos que nos lo habíamos topado caminando borrachos esa noche. Por magia y de casualidad. 

Lo cierto es que, sin importar su origen, ese busto a escala real de adivinador con turbante estaba bien encerrado en una caja de vidrio. Por hijo de puta. Porque es de falluto responder a un pedido sentimental con una maldición. Y más al de un hombre embriagado de amor y daiquiris fluorescentes. No está bien sentenciar a quien le pide conservar un instante romántico por siempre, incapacitándolo por el mismo plazo de ver de cerca sin lentes.

—Pedilo vos el deseo —insistió Victoria, mientras apoyaba la cerveza sobre Zoltar.

—¿Te parece? —me atajé, por las dudas—. Mirá que una vez que lo pida no te vas a poder arrepentir. 

—Segura. ¿Qué podría pasar?

Nada pasó. Como nos auguraba en su tarjeta, el tiempo no se detendría para Victoria, para mí ni para nadie. Con una salvedad. Las agujas de mi reloj seguían girando ahí en mi muñeca izquierda, pero ahora tan borrosas como un par de tetas por TV durante el horario de protección al menor. Zoltar se había asegurado de que se cumpliera su presagio en ese mismo instante.

No se conseguía un souvenir de esa crueldad que pudiera comprarse por un dólar. Al menos, ninguno que revele una verdad milenaria tan contundente: que si no es posible esquivar a un rival débil como la presbicia, menos lo sería algún día eludir a uno poderoso como la Parca. Sin embargo, si es que el brujo mecanizado me pretendía llamar a la reflexión, la noche de la celebración de Halloween en Las Vegas no era el momento ni el lugar adecuado. Con lo que Zoltar no podía contar, era con que en ese Disneylandia para mayores de dieciocho, lo malo es tan efímero como lo bueno. Que en la meca del entretenimiento capitalista, lo valioso es igual de importante que lo banal. No había pasado más de un minuto, que ya estábamos de nuevo a los saltos con Victoria en medio del desfile de monstruos, vasos llenos en mano, camino a las fuentes del Bellagio

Al día siguiente desperté con los ruidos que hacía Victoria en el living de nuestra suite en el hotel Delano. Desde la habitación y sin mucha claridad por la resaca, la oía ordenar y discutir por teléfono al mismo tiempo. Fue cuestión de despegar mi cabeza de la almohada para darme cuenta de que había dormido con anteojos puestos. Unos que no podían ser míos, con aumento. Me los saqué de inmediato y vi que eran de esos de miope, con cristales anchos como culos de botella, que hacen ver minúsculos los ojos del dueño. Váyase a saber quién me los puso o a quién se los saqué. Los apoyé en la mesa de luz y miré la hora en el teléfono. Pasada la sorpresa de que eran las cuatro de la tarde, noté que otra vez había podido leer perfecto la pantalla, que la veía de nuevo con nitidez total. ¡Haber sabido! Sin lugar a dudas, eran esos anteojos salidos de quién sabe dónde los que me habían distorsionado la visión e impedido descifrar el mensaje de Zoltar. Por ende y muy a mi favor, el designio del mago no había sido más que una broma. Una que cualquier artista le tiraría a un espectador ebrio y con gafas ajenas que le quedan ridículas, esperando la risa y el aplauso del resto de la audiencia. 

Salté de la cama y abrí la puerta del cuarto para contarle a Victoria. Fue en ese momento que la encontré arrodillada al lado del frigobar, levantando cosas mientras sostenía el teléfono inalámbrico del hotel entre el hombro y la oreja. La escuchaba intentar explicaciones.

Excuse me lady, please… I’m truly sorry… I was so silly, picking up all those tiny bottles —Victoria se justificaba en inglés con la recepcionista, aparentemente.

—¿Qué pasó? —le pregunté riéndome, anticipando el carácter poco serio del incidente.

—Mirá… —me dijo con el dedo, señalando un calco en la puerta de la heladerita. 

“IF YOU MOVE OR REMOVE ITEMS, YOU WILL BE CHARGED”

Se trataba de una de esas heladeras de hotel modernas que tienen sensores debajo de cada bebida o snack, de forma de cargar a la cuenta de la habitación todos los consumos de modo automático. Por lo visto, después de que volvimos al hotel, yo caí desplomado de inmediato. Pero Victoria, aburrida e insomne, se quedó sentada con las piernas cruzadas en el piso, enfrente de la heladera abierta, jugando con las botellitas cual casa de muñecas de borrachos. Ahora sobria, después de unas cuantas horas de sueño, se percataba de su despilfarro involuntario y hacía las gestiones vergonzantes necesarias para anular los cargos. Yo me retorcía de la risa en el sillón, cuando golpearon la puerta de la suite. Pensamos que ya habían mandado a alguien de limpieza para hacer el recuento de alcoholes enanos y así terminar de una vez con lo que hasta hoy llamamos el Tiny Bottles Affair o Sillygate. Sin embargo, me habían ido a buscar a mí.

En el pasillo nos esperaban dos guardias del hotel. Latinos, gracias a Dios, porque ya teníamos cubierto el cupo diario de conversaciones absurdas en inglés. Los tipos decían que, ante la denuncia de otro huésped, habían revisado las grabaciones de las cámaras de seguridad y que ahí estaba yo, robándome un par de lentes del mostrador de recepción. Que habían venido a que se los devuelva y a por explicaciones. De repente entendí todo. Les pedí disculpas y les dije que, desde ya, los habría tomado por error o por ebrio gracioso. Pero que en cualquiera de los dos casos lamentaba las molestias ocasionadas. 

Cuando volví de la habitación con los anteojos, los guardias me agradecieron amables su devolución. Supongo que valoraban mi honestidad y cortesía, algo que no debe ser fácil de encontrar en la horda de turistas, sin importar procedencia. Por eso, se despidieron de buen humor, con  una serie de frases hechas conciliadoras del estilo de que lo que pasa en Vegas queda en Vegas y deseándonos buen regreso a Argentina. Victoria los saludó y entró rápido a seguir ordenando sus whiskys bebés. Antes de acompañarla, yo quise sacarme una curiosidad de encima, por lo que le hice una pregunta final a los uniformados. 

—Muchachos… ¿A qué hora pasó todo esto, más o menos? —les consulté mientras se alejaban hacia el ascensor.

—Según las cámaras fue a las cinco y veintiocho de la mañana. ¿Por qué lo preguntás, che? —devolvió gracioso uno, imitando mi acento porteño.

—Por nada wey, qué anden muy bien. 

Nuestro encuentro con Zoltar había sucedido mucho antes del horario del robo de los anteojos que indicaban los guardias. No más allá de la medianoche. Por lo que nunca podría haberlos llevado puestos como para que sean estos los que me impidieran leer la tarjetita. A ojos pelados y al menos por un lapso de tiempo, el hechizo del mago fue lo que me nubló la vista. Lo que se había consumado era en efecto una maldición, pero que para mi beneficio, a la mañana siguiente ya parecía estar deshecha.

A nuestro regreso a Buenos Aires me di cuenta de que en realidad lo que había ocurrido era un milagro. Aunque el tiempo no se había detenido por siempre para Victoria y para mí en ese instante de amor en Las Vegas Boulevard, también había conseguido algo difícil. Que Zoltar me diera otra oportunidad. Una chance más para evitar a la presbicia. O mejor dicho, lo que terminó siendo una prórroga de casi dos años para retrasarla. Porque cuando en 2019 llené los papeles del check-in en otro hotel de Las Vegas, ya tuve que hacerlo con lentes de lectura puestos.

“SHALL TIME EVER STOP? 
SHALT THOU SEE, THOU SEE WELL NO MORE.
AT THE AGE OF FORTY OR SO
BOTH THE RIGHTEOUS’ AND THE WICKED’S
SIGHT WILL BEFOG.”

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Las Vegas
Zoltar, Victoria y Paco.

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